Previously, on ‘La insoportable levedad del rentista’, Natalia García García recordaba cómo su padre, «tan aguerrido, tan resiliente, tan trabajador», le enseñó todo lo que sabía sobre su profesión: rentista. Pero su momento nostalgia es interrumpido por un mensaje de WhatsApp: «Natalia, perdona, pero la nevera no funciona».
Por un momento, no recuerdo quién es «Julio», el contacto que me manda el mensaje con el problema en la nevera. Mi lista de inquilinos es larga y, en ocasiones, mezclo a unos con otros. Además, últimamente está cambiando mucho a medida que mis abogados se las ingenian para burlar la prórroga del alquiler. Por eso debo encender mi portátil para mirar el Excel en el que tengo una referencia más amplia de cada inquilino, para no perderme. Y sobre Julio, dice así:
- Nombre: Julio Riestra Calvo
- Edad: 32 años
- Profesión: Profesor de algo creativo. No funcionario
- Aspecto: Desaliñado
- Capacidad financiera: Limitada. Pasó la criba del seguro de impago por los pelos
- Declaración de la renta: Base imponible general: 19.645
- Filiación política: Probablemente de izquierdas. Lleva pelo largo y no se afeita
- Prueba toxicológica: Se negó pasar por ella, aunque huele a porro
- Perro: No
- Nivel de alerta de impago: Alta
- Nivel de alerta de okupación: Media.
Ahora ya lo recuerdo. Es uno de los inquilinos que empezó con mi padre y yo heredé tras su muerte repentina. Yo no le hubiera dado el ‘OK’. De hecho, mi padre siempre me pedía consejo acerca de sus elecciones de inquilinos. Y yo siempre me mostraba más prudente que él. Si por mi fuera, solo cogería funcionarios A1 con probado historial de voto a la derecha y con pruebas toxicológicas trimestrales negativas.
Pero Riestra no solo se había negado a entregarme su orina y su sangre, sino que además no tenía perro. ¿Quién no tiene perro hoy en día? ¿Por qué? ¿Acaso no tiene dinero para darle de comer y llevarlo al veterinario? ¿Entonces, tiene amigos de verdad? ¿Y si se me mete con todos sus amigos en casa a fumar porros y ver películas de esas en blanco y negro? ¿Y si me la okupan?
Y ahora, resulta, que me ha estropeado la nevera. Una nevera seminueva Sauber. Las neveras no se estropean solas. Seguro que ha armado alguna. Seguro que intentó cambiarla de sitio para ponerla en el salón y no tener que levantarse del sofá para coger cervezas frías. Y en el traslado se le cayó. O estaba tan drogado que se durmió y la dejó abierta. Le tengo que preguntar qué pasó.

¡Lo sabía! La dejó abierta y estropeó el motor. Pues si piensa que voy a darme prisa para comprarle otra nevera lo lleva claro. De momento, me voy a pilates y luego a la peluquería. Y luego ya veremos por la tarde qué tengo en la agenda.




