Abro los ojos. Angustiada. Una mañana más. Max ladra. Él sabe lo que me pasa, el único que me conoce bien. Me levanto aturdida y, por un momento, no sé muy bien dónde estoy, si en mi piso de Chamberí o en la casa de la sierra. Chati, mi Chat GPT Plus, me dice que es normal sentir aturdimiento por falta de sueño: «lo que necesitas es dormir más». Tal vez escale a la versión Pro para recibir consejos más elaborados y condescendientes. Voy al baño y me miro al espejo: no me gusta lo que veo. Me he hecho mayor, demasiado mayor. Este trabajo me ha hecho mayor.
Cuando heredé los nueve pisos que mi padre tenía en alquiler no sabía lo que me esperaba. Su muerte fue repentina. Era muy mayor, tenía diversas enfermedades y vivía como si no las tuviera, su médico nos dijo que si seguía así no duraría. Pero su muerte fue una sorpresa. Siempre piensas que tu padre va a durar para siempre, sobre todo uno como él, tan aguerrido, tan resiliente, tan trabajador. Porque mi padre siempre estaba pendiente de su trabajo: era especulador y rentista.
Ya desde pequeña me quiso enseñar la profesión. Me llevaba con él a las promociones de obra nueva, todo lleno de grúas hasta donde alcanzaba la vista. Me cogía en brazos y me decía: «ves, allí voy a tener una casa, y allí otra, y luego, en unos años, las voy a vender, cuando los activos estén suficientemente revalorizados. También pondré otro piso en alquiler, obteniendo un beneficio neto anual del 8%». Los ojos se le iluminaban, sentía verdadera pasión por su trabajo. Quería ser cómo él. Desde niña quise ser como él.
Cuando mi madre murió, mi padre se centró todavía más en el trabajo. Lo primero que hizo fue negociar con la familia de mi madre para gestionar todas sus propiedades. Añadió diversos activos inmobiliarios a su cartera, incluyendo otras tres casas de la familia de mi madre. Estaba hasta arriba de trabajo y ya no tenía tanto tiempo para mí: «este trabajo es maravilloso, Nati, pero muy exigente: la renta pasiva requiere mucha pasión». Era una de sus frases lapidarias.
Max me saca de mis recueros con un nuevo ladrido, pero esta vez porque tiene ganas de salir. «Ahora mismo, Max, déjame mirar el móvil para ver si hay novedad en el trabajo». Y entonces veo el WhatsApp de uno de mis inquilinos y se me hiela la sangre: «Natalia, perdona, la nevera no funciona». Suspiro y me vuelvo a mirar en el espejo. «La renta pasiva requiere pasión», me repito.
Continuará…



